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10º aniversario del fallecimiento de Antonio Millán-Puelles

AMPF 0088

 

Hoy, 22 de marzo, se cumplen diez años del fallecimiento de Antonio Millán-Puelles. Sus familiares y amigos rogamos una oración por él.

Me permito reproducir a continuación un artículo que publiqué en la revista “Arbil” en aquellas fechas de 2005:

Antonio Millán-Puelles ha fallecido a los ochenta y cuatro años de edad siendo Catedrático de Metafísica.

Inercialmente se piensa que cuando alguien llega a catedrático es porque aquella materia a la que se dedica tiene algún sentido, y a nadie se le ocurre poner, ni siquiera interiormente, ninguna objeción. La palabra «metafísica» es tan extraña al lenguaje popular y tiene tantas adherencias negativas en el lenguaje de los intelectuales al uso, que cuando se dice que Millán-Puelles se dedicó a la metafísica (o, en general, a la filosofía) lo que uno imaginaría es que Millán-Puelles fue un personaje extravagante, como los coleccionistas de vitolas.

Es que entender la figura y la relevancia de Antonio Millán-Puelles requiere entender qué es la metafísica y qué es la filosofía, y cuáles son las funciones sociales de ambas cosas.

Era Millán-Puelles hijo de médico y dejó la medicina cuando, estando en primer curso de la carrera, leyó las Investigaciones lógicas de Husserl. Inmediatamente (y con la aprobación de su padre) se pasó a los estudios de filosofía en la Universidad de Sevilla.

Quedó seducido, como un pintor ante la arrebatadora belleza de Las meninas o de la Anunciación de Fra Angelico. El intrépido ejecutivo, el simple pasante de un despacho de abogados, o el vendedor de electrodomésticos están en difícil situación para entender esto. Millán-Puelles se dedicó a la filosofía, cuando su privilegiada inteligencia le habría permitido ser un médico exitoso o un líder de empresa. ¿Seremos capaces de entender esto?

En realidad, el problema no es entender qué ha significado Millán-Puelles en la escena española y mundial, sino, sobre todo, antes que nada y por encima de todo, entender qué es lo que ha hecho Millán-Puelles en esta vida. Y lo que ha hecho es esto: dedicarse a la contemplación y a la sabiduría.

También en el plano humano y en el religioso fue Millán-Puelles un personaje digno de recuerdo y de imitación. Quienes le conocimos y le tratamos hemos de dar testimonio de su carácter fuerte y cariñoso. Era un conversador amenísimo. Hasta en las salas de espera de los médicos solía animar la situación: «Bien está que nos llamen “pacientes” a los que venimos al médico. Porque hay que ver la paciencia que hay que echarle a la espera».

Como duro de oído que era (y también como espontáneo y cordial y ligeramente provocador), decía estas cosas en voz alta y todos los desesperados pacientes se reían. Nunca junto a él terminaba la conversación y las anécdotas superficiales y las reflexiones profundas se entrelazaban con toda espontaneidad. Resultaba muy difícil ser enemigo de Millán-Puelles y llevarse mal con él.

La vida religiosa atemperó lo que la naturaleza le había asignado en su carácter, y este hecho tampoco debería pasar inadvertido. Millán-Puelles fue miembro supernumerario del Opus Dei con una entrega y generosidad viril y sólida. No se dejó llevar de estereotipos pero no cedió a las inercias.

Yo he visto a Millán-Puelles regañarse a sí mismo, en la cama en el hospital pocas semanas antes de fallecer, por creer que no soportaba dignamente y con paciencia los dolores que sufría. Y rezar el Santo Rosario hasta cuando medio no sabía dónde estaba por los efectos de los calmantes unos días antes de su muerte.

La Cruz del dolor físico ha sido la señal del final de su vida, la cima de ella. Reconozco que le envidio en este punto, aunque no me gustaría pasar por esos dolores, naturalmente.

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