Un libro sobre el existencialismo, 1945 (II)

La reseña Notas a un libro sobre filosofía existencial, de 1945, contiene, para quien lee la obra de AMP, interesantes datos para entender el nacimiento del pensamiento de su autor y hacerse cargo de su crecimiento. Puede ser una valiosa investigación la que compare este texto con escritos posteriores de AMP, para una mejor, más detallada, comprensión de la tarea intelectual de nuestro filósofo. Por mi parte, he de limitarme aquí a solamente sugerir un par de observaciones. 1º, hay una coincidencia entre la tesis de González Álvarez acerca de la existencia como relación en el existencialismo, y una afirmación de AMP en su tesis doctoral. 2º, hay otra coincidencia de ambos en la distinción entre autorrelación y heterorrelación (González Álvarez), y tautología y heterología (AMP) en el estudio de la subjetividad. En esta entrada me limito al primero de estos dos puntos.

El ser como relación

En 1947 defendería AMP su propia tesis doctoral, sobre El problema del ente ideal. Un examen a través de Husserl y Hartmann. La edición por el CSIC de ese trabajo constituye el primer libro de nuestro filósofo. En ese libro se lee:

La especulación fenomenológica, aunque explícitamente es, en su mayor parte, epistemología, tiene un doble substrato ontológico: la doctrina del ser ideal, fundamento nutricio del «objetivismo» de esta filosofía, y el substrato genérico compartido con otro sistema del pensamiento moderno, a saber: la vigencia exclusiva de la categoría «relación» en la interpretación del ser; substrato este último que nos explica el tema idealista de la «conciencia pura» de Husserl (p. 9 de la ed. original; p. 30 en la ed. de las OC, tomo I).

Acerca del primero de esos «sustratos» versa toda la tesis doctoral, todo el libro. El segundo queda inédito. No obstante, es justamente ese el punto que ahora me interesa considerar. Si se ha leído mi anterior entrada sobre la reseña del libro de González Álvarez se verá que hay, entre la cita de AMP que acabo de hacer y varios lugares del libro de González Álvarez una llamativa coincidencia.

La nota de relación como expresiva de la existencia que ya apuntaba en Kant y se manifestaba sin rodeos en Kierkegaard, constituye ahora la médula misma del existencialismo (Á. González Álvarez, op. cit., p. 120).

Con más detalle, y en referencia al existencialismo, dice también:

El pensamiento existencialista parte de un punto concreto, de une experiencia que, dada su radicalidad, pretende alcance y valor metafísicos: la experiencia de la propia existencia inserta en el mundo, encarnada en una situación. El filosofar comienza cuando tropiezo con el problema de mi existencia. Yo soy. ¿Qué soy? ¿Por qué soy esto y no lo otro? ¿Por qué soy esto, aquí y ahora y no lo otro, en otro lugar y tiempo? ¿Qué es existir?

Se elabora entonces el programa existencialista que aplicando el método fenomenológico intenta dilucidar, clarificar el ser de la existencia. Y se encuentra que la existencia es coincidencia de autorrelación y heterorrelación, encarnación en una situación y participación en el ser. El ser de la existencia es constitutiva referencia a sí y a lo otro, radical intencionalidad. No se trata de que la existencia se constituya y, al constituirse, lo haga notando esta referencia esencial a lo otro. No. El ser de la existencia no subsiste más allá ni fuera de esa relación intencional. La esencia de la existencia se agota en la pura relación de la intencionalidad. Su ser es mera relación (op. cit., pp. 282-283).

González Álvarez insiste en que la existencia es relación para el existencialismo. Y el existencialismo es casi-hijo de la fenomenología. Puesto que AMP conocía el libro de González Álvarez, es posible pensar que de él tomara nuestro autor aquella idea de la preeminencia contemporánea de la relacionalidad del ser. O podría suceder asimismo que ambos -González Álvarez y Millán-Puelles- dependieran de una misma fuente común. En todo caso, el libro de González Álvarez permite entender a qué se refiere aquella afirmación emilianense de «la vigencia exclusiva de la categoría «relación» en la interpretación del ser».

La existencia como relación en Kant

González Álvarez remonta hasta Kant para encontrar un antecedente del existencialismo en la doctrina de la relatividad de la existencia. Nadie diría, sin embargo, que esa es también la postura del filósofo alemán, cuando se lee que, para él, la existencia no es posición relativa, sino absoluta de una cosa. No se ve a primera vista, por parte alguna, el relativismo existencial kantiano, sino que lo aparente es exacta y totalmente lo opuesto. ¿Cómo la idea de la existencia como posición absoluta puede significar que la existencia es relativa?

Kant contrapone lo absoluto de la existencia a lo relativo de los predicados que se atribuyen a una cosa. Decir «el papel existe» lo sitúa absolutamente. Decir «el papel es blanco» sitúa al papel en relación con la blancura, dice de él algo que en él hay y le es pertinente. En esta última afirmación el papel es puesto en relación con un contenido particular, que es la blancura. En general, cualquier atribución sitúa a un sujeto en relación con un contenido determinado, salvo en el caso de las afirmaciones de existencia. Cuando decimos «el papel existe» no lo ponemos en relación con nada que sea para él una determinación. Esta ausencia de un predicado que cierre y determine al sujeto es lo que lleva a Kant a decir del «existe» que es una posición absoluta del sujeto.

No se piense que la diferencia entre las proposiciones con atributo explícito y las proposiciones existenciales se distinguen como proposiciones con predicado y sin predicado. No hay proposiciones sin predicado, precisamente porque una proposición es la conexión de un concepto sujeto con un concepto predicado; si no hay la conexión copulativa de esos dos elementos, no hay juicio. Las proposiciones existenciales, como las de «segundo adyacente» son tan predicativas como las de «tercero adyacente». La ausencia aparente de predicado en proposiciones del tipo «la piedra existe» no es real: la proposición se traduce por «la pared es existente».

Esta diferencia estructural entre las proposiciones que predican contenidos y las que no lo hacen es lo que aprovecha Kant para concebir la existencia como exterior al sujeto del que se predica. Para Kant, la existencia es algo exterior al sujeto, no constitutivo de él. La existencia no es un «predicado» (relativo) de la piedra, simplemente porque no dice de ella ninguna nota esencial o periférica. En este sentido, el existir no dice nada (relativo) de la piedra. El existir se refiere a la piedra -o a cualquier sujeto- como algo completamente indiferente para su configuración. En este sentido, no es un predicado «real».Como la Atenea armada que surge completa de la cabeza de Zeus, la pared entera, plenamente constituida, se las ve con la existencia como con algo que no tiene nada que ver con el contenido de ella. De la piedra son predicados «reales» su color, su grosor, su altura, su dureza, etc.: son aquellos rasgos sin los cuales la piedra no es esa piedra.

Pero, ¿qué quiere decir «real» en la expresión «predicado real»? Para Kant, la existencia no dice nada en relación con la constitución misma del sujeto del que se predica. Por el contrario, en el pensamiento clásico, no esencialista ni racionalista, el hecho de que el ente es «id quod primo caddit in aprehensione», significa que todo -sea real o no- es concebido a modo de ente. Con independencia de que se haga, o no, juicio alguno existencial sobre un sujeto, al concebirlo se lo entiende, desde el primer momento, como algo que tiene alguna referencia -afirmativa o negativa- al ser. El ser es aludido en todo concepto. Por el contrario, en su tesis de la existencia como predicado no real, Kant afirma que el ser no tiene nada que ver con el sujeto del que se afirma o se niega. La existencia es un predicado «absoluto», para Kant, porque se refiere al sujeto como totalidad plenamente constituida y es externa a esa totalidad.

Son dos las esenciales objeciones que se deben oponer a la postura kantiana. En primer lugar, y en sintonía con las metafísicas esencialistas, lleva a cabo Kant una separación entre esencia y existencia. La existencia no tiene nada que ver con la esencia. En segundo lugar, caracteriza Kant la existencia con rasgos que, en el mejor de los casos, son secundarios o derivados. No entiende Kant que la existencia (tomada esta palabra ahora como equivalente a ser) constituye intrínsecamente a los entes, porque es la actualidad misma de las esencias.

Pues bien, la existencia como posición absoluta es, en realidad, una posición relativa. La existencia es, para Kant, una posición absoluta porque se refiere al sujeto absoluta o totalmente considerado. Pero es una posición relativa, porque la existencia consiste, así entendida, en que el sujeto está «en relación con el entendimiento o en relación con las demás cosas reales, en conexión con ellas según leyes empíricas de la sensación. En uno y otro caso, existir es estar en relación con algo. La posición absoluta de una cosa, en que consiste la existencia según el tabajo de 1763, hay que entenderla como la entrada de la cosa en el contexto de la experiencia. En último resultado, la existencia es para Kant una relación» (González Álvarez, op. cit., pp. 65-66).

Existencia y relación en Kierkegaard y en los existencialistas

Pasa enseguida González Álvarez a mostrar el concepto de existencia en el padre remoto del existencialismo. Antepone que la «preocupación por el individuo está siempre presente en Kierkegaard» (p. 78), para añadir enseguida, apoyándose en la autoridad de J. Wahl, que el yo es, para el filósofo danés, relación consigo mismo. «El yo es, en efecto, una autorrelación, una relación concreta, esencial, con el yo» (p. 79). Es lo que pensarán asimismo los existencialistas posteriores: «La concepción del yo como autorrelación va a ser patrimonio común de la filosofía existencial» (ibidem).

«La autorrelación no es algo que el yo tenga sino aquello en lo que consiste. No se puede, pues, decir que el yo tenga relación consigo mismo sino que es esta relación o consiste en autorrelación. Un yo sin esta relación no es un yo. Suprimir la autorrelación es entrar en el dominio de la inautenticidad, otra categoría que con harta frecuencia se encuentra entre los filósofos existencialistas», p. 80.

Aunque con esto no está dicho todo lo fundamental. Pues «el yo como autorrelación exclusivamente sería una existencia desfundamentada. No habría salido de la objetividad, de la vulgaridad; no poseería el carácter de autenticidad» (p. 81).

«Existir, dice Kierkegaard, es estar delante de Dios. Entiéndase esta proposición en su sentido pleno. El estar delante de Dios no es algo  que se derive del existir, sino la existencia misma. Tampoco aquí se trata de una relación de propiedad sino de esencia. Estar delante de Dios, en relación con Dios, es la esencia de la existencia. La estancia del yo ante Dios no debe entenderse desde Dios para quien, en efecto, todas las cosas le están presentes, sino desde el hombre mismo cuyo yo consiste en esta referencia a la divinidad. No es que el hombre se constituya como un yo y que la primera consecuencia sea su relación a Dios, sino que la misma existencia viene determinada esencialmente por esta nota de intencionalidad, de relación intrínseca a Dios», p. 83.

Es constitutiva también de la subjetividad, para Kierkegaard, ser relación con Dios, de modo que «la existencia es la coincidencia de autorrelación y relación a Dios» (p. 81). Los existencialistas subsiguientes se limitarán a secularizar esas ideas, en el caso de los autores ateos (Heidegger, por ejemplo).

A mi juicio, en los existencialistas la cuestión de la existencia pierde profundidad ontológica, a pesar de las apariencias. Ya en el propio Kierkegaard, la autorrelación no es un constitutivo tan indispensable que no quepa a un hombre vivir sin relación consigo mismo:existirá de manera inauténtica, pero existirá al fin y al cabo. Para que pueda darse una existencia inauténtica es preciso que, antes que nada, haya existencia. Es que en estos autores el plano de la vida humana, que en la vieja filosofía es objeto de la filosofía práctica y, en especial, de la ética, pasa a sustituir a la ontología. El existente humano es el hombre que vive, que actúa, que se compromete con sus actos, que busca subsistir y ser feliz, etc. Por supuesto, esta condición práctica del hombre tiene un fundamento constitutivo, ontológico por así decir, pero no es idéntica con él. El hombre no es su acción.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: